martes, 16 de diciembre de 2014

Una acta de nacimiento marcó el futuro de Javier

Cuando cursaba el séptimo curso de la primaria, Javier Hernández D´Oleo dejó los estudios porque en la escuela le estaban exigiendo el acta de nacimiento que todavía en la actualidad, a sus 18 años, no tiene.“No pude seguir estudiando y no tuve ayuda para conseguir el documento”, explica. A su padre lo mataron en una calle de Cristo Rey cuando él no había cumplido dos años, su madre murió hace nueve años aplastada en un derrumbe y su abuela asumió su crianza.

Sin las condiciones para continuar sus estudios o al menos obtener un trabajo formal, Javier se ha pasado la vida de chiripa en chiripa.

“Ahora soy sereno, me dedico a cuidar carros. Antes vendía hierro y cuando estaba un poco más pequeño trabajaba desabolladura y pintura de autos”, comenta. 

Cuando se le cuestiona cómo aprendió este último oficio, se limita a decir que “como se aprenden las demás cosas”. 

Javier es parte de esa población con pocas salidas para insertarse en el mercado laboral y sin papeles que le acompañen, posiblemente ni siquiera pueda entrar a alguno de los proyectos que el Gobierno lleva a cabo para personas como él. 

De acuerdo con el economista Miguel Ceara Hatton, no hay soluciones individuales para este sector que ha vivido en la marginalidad y, por consiguiente, se encuentran en condiciones vulnerables. “Se necesitan las escuelas técnicas, pero no vas a solucionar el problema con ello”, apunta. A su juicio, las políticas sectoriales ayudan a un número determinado de personas, pero para proveer soluciones más concretas, es todo el sistema que debe renovarse.

El Ministerio de Trabajo cuenta con varios de esos programas que cumplen con la intención de alcanzar a los jóvenes marginados, que no trabajan ni estudian o a madres solteras, para mejorar sus niveles de empleabilidad. 

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